En las últimas décadas, la estructura del hogar ha experimentado una transformación profunda. Lo que antes se consideraba una «mascota» (un animal que vivía fuera de la casa o cumplía una función utilitaria) ha pasado a ser un miembro de la familia con plenos derechos. En México y el resto de Latinoamérica, este fenómeno ha dado lugar a la cultura de los «perrijos» y «gatijos», donde el bienestar del animal es una prioridad central en el presupuesto y la estabilidad emocional de los humanos.
Este vínculo, aunque innegablemente enriquecedor, conlleva una serie de responsabilidades y costos que están redefiniendo la economía doméstica y la salud mental urbana.
El impacto emocional: Un refugio contra la soledad
La ciencia ha respaldado lo que cualquier dueño de mascota sabe por instinto: vivir con animales altera nuestra química cerebral. La interacción con perros y gatos reduce los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y aumenta la producción de oxitocina, la hormona del vínculo y el afecto.
Para quienes viven solos o en entornos urbanos altamente competitivos, las mascotas actúan como un amortiguador emocional. Proporcionan un sentido de propósito y una rutina necesaria: el animal necesita comer, pasear y jugar, lo que obliga al humano a mantenerse activo y conectado con el presente. Además, en procesos de duelo o depresión, la presencia de un animal ofrece un apoyo incondicional que no juzga, algo que a menudo es difícil de encontrar en las interacciones humanas.
El impacto económico: La «Petificación» del presupuesto
Considerar a un animal como parte de la familia ha disparado el gasto promedio anual. Ya no se trata solo de comprar croquetas; el mercado actual ofrece servicios que antes eran impensables para un animal:
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Salud especializada: Desde limpiezas dentales y fisioterapia hasta tratamientos oncológicos y seguros médicos para mascotas. La medicina veterinaria ha avanzado al nivel de la humana, y con ello, sus costos.
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Alimentación premium: Existe una migración masiva hacia dietas naturales, libres de granos o personalizadas según la raza y edad, lo que puede representar una parte significativa del gasto mensual en el supermercado.
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Estilo de vida y ocio: Guarderías, hoteles para mascotas, servicios de entrenamiento y hasta «fiestas de cumpleaños» son gastos comunes en las nuevas generaciones que deciden postergar o sustituir la paternidad humana por la de animales.
El reto del «Duelo Multiespecie»
Uno de los impactos emocionales más fuertes y menos discutidos es el dolor ante la pérdida. Al ser considerados miembros de la familia, la muerte de una mascota desencadena procesos de duelo tan intensos como la pérdida de un pariente humano.
En 2026, las empresas han comenzado a reconocer esto, otorgando en algunos casos días de permiso por luto. Sin embargo, el desafío social sigue siendo la validación de este dolor. Entender que el vínculo es real y profundo es fundamental para la salud mental de una sociedad que encuentra en los animales su principal fuente de consuelo.
Responsabilidad y compromiso a largo plazo
Vivir con animales bajo este nuevo paradigma requiere un equilibrio entre el corazón y la billetera. Antes de integrar a un miembro peludo a la familia, es vital realizar un análisis de sostenibilidad:
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Tiempo vs. Espacio: No todos los animales se adaptan al estilo de vida de departamento o a dueños que viajan constantemente.
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Fondo de emergencia: Al igual que con los hijos, las emergencias médicas ocurren. Tener un ahorro específico para el veterinario es una señal de tenencia responsable.
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Compromiso ético: La mascota no es un accesorio de moda ni un regalo temporal. Su esperanza de vida (15 años o más en muchos casos) debe coincidir con nuestros planes a largo plazo.
Las mascotas nos hacen más humanos, nos enseñan sobre la empatía y nos obligan a bajar el ritmo en un mundo acelerado. Invertir en ellas es, en muchos sentidos, invertir en nuestra propia felicidad.