En una terraza del monte Carmelo, frente a lo que hoy es Israel, alguien pasó el sílex siempre por el mismo lado del hueso. No una vez. Ochenta y dos vértebras de serpientes grandes llevan incisiones cortas, en forma de V, en el postzigapófisis lateral izquierdo. El gesto se repite capa tras capa, durante más de tres mil años. La emoción que deja el microscopio no es asco: es respeto por un oficio que ya tenía receta cuando todavía no había milpa.
El yacimiento se llama el-Wad Terrace, en la reserva de Nahal Me’arot. Veinte capas natufienses, datadas entre unos 15.000 y 11.700 años calibrados antes del presente. Lev, Weinstein-Evron y Yeshurun —Haifa, con Lev también en Kiel— publicaron el 17 de agosto de 2026 en PNAS el recuento: miles de restos de lagartos y culebras. Los escamosos llegan a ser entre la cuarta parte y el 42 por ciento de los especímenes identificados de macrofauna. Eso no es un botana de domingo.
Tres bichos mandan el menú. El lagarto de cristal europeo, un reptil sin patas que puede pasar del metro, suma 975 restos (35 por ciento de las especies identificadas). La culebra látigo, Dolichophis jugularis, capaz de rebasar los dos metros, 881 (32 por ciento). La de Montpellier oriental, 626 (22 por ciento). Las víboras aparecen, pero en la orilla: alrededor del 2 por ciento. No era ruleta rusa. Era almacén.
¿Capturaban al azar? El paper dice que no. Los autores armaron un ranking de presa con tamaño, agilidad, riesgo y acceso. Ganan las grandes, relativamente lentas, de buen retorno y poco veneno. Las chicas y las peligrosas quedan atrás. Es la lógica del mercado de La Merced aplicada al matorral mediterráneo: te llevas el pollo gordo, no te pones a pelear con el avispero por tres gramos de carne.
Hay un gancho que duele bonito. Cuando el asentamiento se pone más intenso —fase arquitectónica, más piso, más fuego, más pisoteo— sube la proporción de reptiles que los investigadores clasifican como “comestibles”. Cuando la ocupación se afloja, esa proporción cae. El Carmelo no se volvió de pronto un criadero de culebras. El paisaje, según la ponderación de hábitat del propio estudio, se mantiene en un maquis mediterráneo más o menos estable. Cambia la gente: se queda más tiempo en el mismo pedazo de tierra y entonces sí, hay que rascar todo lo que se mueva alrededor.
¿Cómo las agarraban? Aquí el lenguaje de certeza se pone honesto. Lev lo dijo sin teatro: no hay evidencia directa. Por analogía etnográfica se habla de mano, lazo, red, palo o even un arco chico. Las marcas de quemado en algunos huesos hacen probable que el animal pasara por el fuego. Lo que sí está clavado es el despiece: el mismo punto, el mismo lado, milenio tras milenio. Eso no es un hambre de una noche. Eso es costumbre.
El lagarto de cristal complica la foto. Su piel lleva osteodermos duros; no muestra el mismo patrón de corte que las culebras. Los autores lo meten al plato por abundancia, tafonomía y lógica de ranking, no por 82 navajazos idénticos. Distinguir eso no es pedantería: es no vender como filete lo que todavía es caldo.
La comparación regional mete otra capa. En sitios paleolíticos más viejos, la herpetofauna es menos abundante, más chica y más atada a la geografía. En el paquete natufiense, los conjuntos se parecen entre sí. La lectura de los autores: las aldeas tempranas —cazadores que ya no se la pasan caminando todo el año— desarrollaron una relación distinta con el reptil de al lado. No es la Revolución Agrícola. Es el prólogo, con escamas.
Para el lector de 2026 la utilidad no está en copiar el asado. Está en entender que “ampliar la dieta” no empezó con el súper. Empezó cuando un grupo se plantó en una terraza, contó lo que había a mil pasos y decidió que dos metros de culebra valían el riesgo. El siguiente paso medible es pedir el apéndice S4 y ver, vértebra por vértebra, si el patrón aguanta otra mirada. Mientras tanto, la pregunta que se puede llevar a la sobremesa es simple: si te quedas a vivir en un solo cerro, ¿qué bicho dejas de despreciar?
